domingo, 28 de agosto de 2016

La herida

La herida sobre la herida que ya no duele
cuando

la carne muerta se pudre y se cae.

Nunca importa.

El futuro es un mar de mierda que se extiende

eso sí: con todas las posibilidades:
El dolor de estómago,
El vómito.

El desamor.

El dinero.

Todos estamos sucios
negándolo, aborreciéndolo,

deseándolo,
convenciéndonos de cómo no existe,

cómo no vale la pena conseguirlo,
(el futuro, el amor, el dinero,
todo ese conjunto de parabienes
frágiles
E inexistentes.)

cuando es el presente lo que jamás
será nuestro.

No somos dueños de nada,
salvo de la herida,

y la carne muerta.

sábado, 23 de julio de 2016

Monstruos

No debes temer a los monstruos.
Mira:
viven en mí.

Hablo su canto y su sombra,
su búsqueda
                      taciturna,
por el Mar y la Niebla
del misterio.

¿Cuál?
El de todos los días.
El que nos despierta
en las mañanas
más brillante que el Sol,

y nos llama
con la Voz aprendida del amor
y del destino.

Ahora sé
que no debo temer a los monstruos
porque viven en mí.

Soy para ellos
una madre
que los nutre y los rechaza

enviándolos
a un exilio literario
del que vuelven
cuando las luces caen
en el sueño
de las luciérnagas
y las polillas.

Caminan conmigo,  al fin.
Viven o mueren
según sea mi deseo,
y el tiempo es el festín
en el que vierten
ríos de agua congelada

de las bocas y los ojos
tristes,

porque son mis monstruos,
y a cambio de su fuerza,
les permito tomar aire
en nuestro mundo y nuestra Realidad.


Ecos

Inconexos,  como murmullos,

sus voces
me alcanzan con nitidez.

La brecha,
abierta como una llaga,
entre el presente
y el pasado que todavía respira,
parece cerrarse.

Es espantoso.

La mayoría de los ecos
son promesas de cristal,
rotas,
que aún cantan
con sus voces molidas.

Apenas palabras que fueron dichas
o escritas.
Palabras que compramos
a precios de oro
y que pagamos con nuestro afecto,
pero que no valían nada.

Pero su efecto se deshace
como hielo sobre arena,

dejan a penas un rastro de humedad que ha de perderse
según la seque el tiempo,

según sus nombres
mueran
de sed
poco a poco
en el Desierto.

viernes, 8 de julio de 2016

Palanca

The anger; la angustia.
El lenguaje donde las pausas y las palabras son o no, respuestas correctas; llaves secretas para puertas inutilizadas,
Muros falsos,
Heridas abiertas por donde corren las hormigas, con sus imperturbables patas, con sus vidas diminutas, apuntando siempre hacia el interior de la carne.

Cruzar o no. Pisar o no. Cuando eres hormiga, no preguntas. Recorres el mapa de tu tristeza, del dolor nuevo que se parece mucho al antiguo, pero no es el mismo, del placer que se desdibuja, de la mano en la palanca: la Última, la Palanca de palancas,

la palanca que hará el shut down de las emociones del dueño de la mano, de las heridas, las llaves, las puertas y los callejones.
También de las hormigas.

El shut down que acabará con el dolor y con los ríos de ira-incertidumbre.
Que destruirá tu capacidad de trabajo hasta nuevo aviso.
Que pondrá todos tus sistemas a dormir.

lunes, 4 de julio de 2016

Fe

Me gusta cuando sueñas conmigo; cuando me sueñas como un ente soñante, a su vez, no como una presencia impasible a la que rozan tus dedos por accidente.

Dentro de ti, somos como Shiva: bailamos y soñamos el mundo en donde viven los despiertos. Nada mal. Es algo a lo que puedo acostumbrarme; a las habitaciones blancas, a los largos paseos por ciudades cuidadosamente construidas, como aquella en donde hallamos una iglesia a la orilla de un lago, y en donde nos perdimos, por sus calles adoquinadas llenas de pájaros y del baile de la luz por entre las hojas.

Eres mucho más que todo eso. Eres tantas cosas, ocupándolo todo en tantas partes... el sonido nocturno indescifrable, escabulléndose por las cortinas, dejando marcas invisibles. Por eso te sueño y te coloco en todos estos escenarios imposibles. Porque ése es el mundo al que pertenecemos y que nos ha sido arrebatado, cuando se nos forzó a vivir en éste, con todas sus reglas complicadas.

Pero tengo Fe.

lunes, 30 de mayo de 2016

Mal entendido

"Voy a saltar de un puente", decía el mensaje que ella le envió.
"Noooooo", fue la respuesta. Así, con todas esas vocales, como si el hecho de sostener una conversación impersonal se impusiera a todo lo vivido; un "Nooooo" como evidencia  de la indiferencia por los sentimientos de aquella mujer que ya no significaba nada para él, como tampoco esa muerte metafórica, concebida en un puente real, con la que parecía amenazarlo.

Pero entendió mal, como siempre. Ella no lo amenzaba. Su error consistió en confundir el futuro y el pasado, lo real y lo poético. Ella hablaba de una muerte real en un puente metafórico, del suicidio espiritual que  había cometido tiempo atrás. El mensaje "voy a saltar de un puente", era regresivo, un recuerdo rescatado de sus últimas palabras, antes de lanzarse al vacío que confundió con el amor.

jueves, 21 de abril de 2016

La Parábola del Lobo

El pueblo de Uhm es famoso por próspero y porque su señor cría lobos, para la guerra. Los animales son elegidos entre los ejemplares más fuertes, feroces y, sobre todo, inteligentes. Reciben una alimentación tan selecta y un entrenamiento tan estricto, que Uhm es temido por sus enemigos y estimado por sus aliados, quienes compran camadas completas a precios muy altos, para mejorar sus ejércitos.

Durante las Grandes Guerras, quiso el destino que naciera, en la camada selecta del castillo para la guardia de Su Señoría, un lobo albino: hermoso ejemplar.  Sus aptitudes para la batalla, su elegancia y sus ojos vivos hicieron que enseguida,  su Señoría lo tomara como favorito y le hiciera construir una armadura de plata brillante que lo distinguiera del resto, aún más.

Acompañaba a su amo a todas las batallas, sentado a su derecha en el carro de guerra. Era fiero y veloz, casi temerario. Salvó la vida de su Señor muchas veces, aplastando el cráneo de sus enemigos entre sus fauces. En los breves momentos de paz, gozaba de una vida privilegiada en el castillo, donde las damas de la corte  lo mimaban y se le permitían las mejores comidas; siempre en compañía de su amo.  Los rumores decían que ambos compartían un pedazo de la misma alma.

Pero pasó, que un día, el lobo se puso triste y sus ojos comenzaron a morir, poco a poco. Con ellos, el corazón de su Señor. Al final de una batalla llena de gloria, llevó al lobo al Corazón del Bosque y le quitó la armadura.  "Eres libre, le dijo. Naciste para ser rey, ahora ve y reina sobre los que son como tú, no serás un simple soldado ni un perro de cría." Y lo abandonó, para que se alimentara de las bestias del mundo.

Una noche, mientras aullaba, distinguió la respuesta nítida de otros lobos. Los lobos de Guerra estaban entrenados para no hacerlo, de lo contrario, delatarían su posición en la oscuridad y pondrían en peligro la estrategia de los generales. Con emoción, los buscó. No quería ser rey, quería sentirse a salvo, parte de aquellos que consideraba sus iguales.  Se adentró en el bosque, alejándose de Uhm, hasta que los encontró. De la espesura, salieron unos grandes ojos, brillando con la ira de la Luna. El Lobo era de su tamaño, gigantesco,  porque los lobos de Uhm fueron criados para ser enormes. El Lobo Albino dio unos pasos adelante, contento.

Entonces, el resto de los lobos lo atacaron mientras el líder miraba, sin compadecerlo. Y aunque pudo matarlos, a todos y cada uno, permitió que su cuerpo fuera herido para acompañar a su alma.
Lo dieron por muerto y lo dejaron. Permaneció solo y en la nieve, muchos días. Finalmente, se paró, cuando las heridas casi habían cerrado y volvió al castillo de Uhm, donde su amo se preguntaba por qué su aullar se había perdido en el horizonte. Cuando lo vio llegar, ensangrentado, más triste que nunca, con los ojos completamente muertos, enterró en lo más profundo de sí mismo lo que quedaba de su corazón. Lo abrazó. Y el Lobo Albino murió en ese instante entre sus brazos.

El señor de Uhm mandó exterminar a la raza de los lobos: domesticados y no.

domingo, 17 de abril de 2016

Cosas de Niños Grandes

Ven el reloj
                  sin         mirarse
       directamente a los ojos

El tiempo es una cosa que se muere
si no lo comen
                            cuando deben.

"Lo siento no puedo voy con prisa
             tengo mucho trabajo"
son cosas que dicen los niños grandes ;
                Sus caras permanecen
     ocultas
             por el telón de una ausencia cuasi estática
                      
Miran su reloj
reprochándose
     la ridícula obsesión que tienen
                                        por el tiempo.

Qué pueden hacer,  si no
regocijarse de lo comprensivos
                                                        de lo maduros
              de lo sólidos
                            que se han vuelto
olvidando la búsqueda
de lo que un día llamaron 'Amor'.

Hablan en términos de 'mercado'
y de institucionalización.  Discursos llenos
de palabras duras
        que saben dirigen hacia el Otro.

Inclinan la cabeza
               se sienten solos e idiotas
                        con todos los logros y obsesiones
  que saben no comparten,
           porque los niños grandes no piensan
               en voz alta.

Y no se enamoran,
ni se preocupan por nada
que no sea
la amarga condena de su funcionalidad.

Al final,  vuelven a casa,
          a su escritorio,
               escriben  poemas o terminan
                     posgrados
que aborrecen
                           (sobre todo los poemas).
                                                   pero ya no importa.

El el mundo de las fieras,
                           las más fuertes
                                                 son las que mueren
   para volver
                      como fantasmas,
                                              
                a seguir  trabajando, molestos
                       porque no comen
        a sus putas horas

            y duermen mal
y todo es una chingadera que se perpetua
y se perpetua

Pero ya vale madres,  porque
los niños grandes
                               no creen  en la Felicidad.

lunes, 11 de abril de 2016

Buenos Días

                   La noche fue cruel,
              la oscuridad,
                                    imperfecta. 

            Tú mismo fuiste
            un cofre cerrado,
                                                                  un caballo muerto,
                                                  que otros dejaron,
                                  como un cuadro,
           en el tablero del juego 
                               que nunca
                                                  entendiste,

                              aunque no había muchas reglas
                                                      que ensangrentar.

                      Y por eso
           no hubo noche
                                        y no hubo sueño. 

                                        Dejaste colgar los párpados
                                          de las luminarias,
                                                                                          afuera,
          en la ciudad,     
                               
                                         pero sabías
                                                            que el daño
                                                                                   estaba   hecho,
         y las escuchaste
                                             a ellas:                     
                                             las Voces,
                                             las Luces de la mañana
                                                                                       que velaron
                                                                                        tu película.
         El día puso a otro 
                                        sobre la cama,                
                        que eres, pero ya no eres 
                                                                     tú.
                                
                                   Y como todas las cosas
        sin nombre: 

                                dormir
                                vivir                             
                               
                                son decisiones  que quizá tomes,
                                                                                         o   no,      
                                siempre 'más adelante,
       desnudo, 
                    
                     frente a otros
                     A quienes da lo mismo.

domingo, 10 de abril de 2016

Buenas Noches

Quisimos hacer
                              deshicimos
never mind           punto        
                              aparte

Luz de ventana,
                   oscuridad-boceto
que  he                perdido
                                  en el Universo,

destruido por
                                    la Paz:
la ausencia,
                                    la calma
              
               que no tuvimos
               pero queríamos.
                  
Mirándonos    
                más allá de los espejos
                y los fuegos
imaginarios
a medias,

               como noches incompletas
               que deseamos,
                 
Para Nadie.
                                                    

                  

sábado, 9 de abril de 2016

Desierto

No puedo sacarte de aquí. No puedo: resulta que perdí el mapa, ése que nos dieron a los dos al mismo tiempo, que confundiste con páginas en blanco, con noches de muchas lunas, y abandonaste en algún punto del camino, porque pesaba mucho. Porque no tenías las manos como para malgastarlas en un mapa, en cruzar el Desierto; de arena que tú inventaste y que yo soñé y traje conmigo y vertí como el reloj que soy, que fuimos hasta agotarme, vaciarme por completo en un océano de ojos con sal y con luces que se apagan en medio de la noche. Me convertí en lo que NO era, duermo entre sábanas que flotan, y el Desierto me persigue en las casas, en las puertas que descubro todos los días en los mismos sitios, como si siempre hubiese estado dentro, no yo de él, sino él de mí, y fueses de las criaturas que me habitan odiándome y sobreviviéndome de sol a sol por noches de lunas infinitas, como la cáscara muerta en mar de los fantasmas que soy, conservada por la soledad. Llevo el Desierto conmigo, la arena me precede a donde quiera que voy. No hay mapa que permita sacarte de adentro cuando no existes.

sábado, 2 de abril de 2016

El poema del Mantícora o la parábola del Último Cazador

El joven volvió después de un largo tiempo a la ciudad de Uhm, esperando encontrar una parte de lo que había dejado atrás.

De niño vio una nube de cuervos levantarse sobre el campo, después de una batalla, y vio cómo un soldado disparaba su ballesta contra las aves, como enloquecido. Gruesos sacos de plumas negras caían, metros más allá. Los cuervos estaban gordos: había abundancia de cadáveres. Así que el niño del recuerdo, tomó los que pudo cargar y los llevó a su madre para que los cocinara.

En la Ciudad de Uhm había hambre. El hambre es amiga de Guerra y casi siempre vienen juntas. Por eso, mientras comía estofado de cuervo y nabo, se sentía especialmente optimista y pensaba en la plancha azul, sin una sola nube, sembrada de sombras negras avalanzándose sobre los campos, deteniéndose de pronto, con las alas en cruz, arrojando contra el cielo el graznido de su muerte. El niño del recuerdo pensaba en las aves negras y pensaba también en dragones, así que ese día se convenció de que haría de sí mismo el Cazador de Dragones más grande de todos los tiempos, aunque nadie había visto un dragón, en al menos cien años.

Salió de Uhm, que para entonces ya era una ciudad de mujeres ancianas y niños pequeños, y viajó durante meses a la Ciudad Fortaleza donde la tradición mantenía viva la última academia de cazadores. Pasaron los años y se graduó con honores, asesinando a la serpiente enorme que devoraba rebaños enteros, en una población cercana. No era un dragón, pero era algo parecido, y ante la escasez, la academia había aprendido a ser flexible. Volvía pues, a su ciudad, con el sello de la Ciudad Fortaleza y un manto de escamas doradas por encima de sus hombros.

La Ciudad de Uhm había prosperado y nadie entendía por qué. Un día las batallas comenzaron a ganarse y los hombres dejaron de morir. Las luces del castillo, muerto sin su señor, se habían encendido, una noche, y los campesinos murmuraban el regreso de un príncipe fantasma, esbozado de seda, con grandes ojos de pestañas largas y oscuras, que nadie había visto por sí mismo. Los animales comenzaron a reproducirse, los granos a germinar, la riqueza a repartirse. Los cuervos estaban gordos, pero de trigo. Era como un sueño, como la calma que viene después de las pesadillas.

Cuando el joven cazador volvía, encontró las paredes del castillo cubiertas de hiedra y flores. Pero lo que más le sorprendió fue un cartel, clavado a una entrada de servicio, que ponía: "Se busca Cazador de Dragones".

Al principio se sintió desconcertado. Después tuvo que convencerse de que era de verdad. Tocó la puerta y abrió un criado joven, casi un niño. Cuando sintió el brillo de las escamas reflejarse en sus ojos, abrió la boca muy grande y no hizo preguntas. Comenzó a llamar a voces a otra criada, apenas unos años mayor. La muchacha se acercó al cazador y lo miró con desconfianza.
–– ¿De verdad mataste un Dragón? -- le preguntó.
–– No. – respondió él – Pero puedo asegurarte que hay cosas peores y mucho más peligrosas.
–– No lo dudo. – respondió la sirvienta. Tomó de la bolsa de su delantal una argolla con llaves de hierro y condujo al cazador a través de la cocina, y luego de la lavandería, abriendo y cerrando puertas, hasta un pasillo de piedra en el interior del ala principial del castillo. Los cubría una penumbra suave, iluminada por la llama de las antorchas. La criada tomó una y la luz se derramó sobre su rostro: era muy joven, estaba cubierto de pecas. Puso sus ojos oscuros sobre los del cazador, se repitieron en ellos la forma de las llamas.
–– Toma la luz y toma esta llave. Vas a caminar hasta el final del túnel y abrirás una puerta. Aproxímate con cuidado, vigila siempre el piso. No cruces la línea de tisa y sobre todo: no la mires a los ojos. Dale un vistazo rápido, con suerte esté dormida. Cuando te hayas convencido de que es mejor volver por donde viniste, volverás aquí y te coduciré a la cocina, te daremos algo de comer y luego te irás, como si nunca hubiera habido cartel alguno, ¿entendiste?. Qué bien.

El cazador apenas habría la boca, cuando la criada le tendió la antorcha y puso una llave pesada en su mano derecha. Se dirigió al final del pasillo, donde la oscuridad era casi total y se escuchó el sonido pesado y metálico de muchas cerraduras. El chirrido de la puerta se repitió en el eco del túnel infinito que acababa de abrirse frente a ellos, como una boca profunda que se perdía en las entrañas retorcidas de un gigante.

El cazador tragó la saliva y echó a andar. En cuanto se hubo adentrado lo suficiente, la sirvienta cerró la puerta con todos sus cerrojos.
–– Anda. – escuchó su voz apagada, pegada al otro lado – no está tan lejos como crees.
Pensó de nuevo en los cuervos de su infancia, en la Academia de Ciudad Fortaleza, en la serpiente que mató, y sin querer sujetó el manto con la mano en que la muchacha había puesto la llave. Era realmente gigantesca, la serpiente. Engullía vacas completas. Erguida sobre su abdomen, silbando con el capuchón abierto, como las cobras, alcanzaba siete metros. Su sombra ocultaba la luz del sol. Fue una batalla fiera, donde el miedo y la ira cegaron sus recuerdos, pero al final, maltrecho y malherido, bajo el peso de la alimaña que había apuñalado hasta la muerte sobre él, se sintió un Cazador hecho y derecho.

La oscuridad del Tunel era tan intensa que la esfera de luz a su alrededor, se extendía pocos pasos hacia adelante. Olía a humedad. Y a incienso, de alguna manera. A la serpiente la había matado a plena luz, un día de verano. No se imaginaba luchando contra una fiera en la oscuridad. La idea le parecía aterradora. Justo cuando sus nervios alcanzaban un nivel extático, apareció frente a él una puerta de marfil, labrada con inscripciones de oro en un idioma que no consiguió descifrar. Tenía una cerradura lujosa, adornada con una cabeza de león cuyas fauces siempre permanecían abiertas. El cazador tomó aire e introdujo en ella la llave de hierro. El cerrojo se quejó, abriéndose con un ruido sordo. El cazador empujó la puerta, que era pesada y fue recibido en una bóveda espaciosa, perfumada con resinas y especias, por la luz de muchas lámparas de aceite. En la cúpula había un candelabro de oro y rubí. La luz de las llamas iluminaba la estancia completa, en una explosión rojiza y perfecta. El piso era de alabastro pulido, completamente blanco. Confundido por tanta opulencia, dio unos pasos temerosos y se adentró. Llevó su vista al piso y se encontró caminando encima de la impresión de un pentagrama.

–– ¿Y tú cómo te llamas? – escuchó de pronto una voz. Era femenina y masculina, a la vez; metálica y musical, como una flauta de bronce. Entonces la vio frente a él y la antorcha que sostenía cayó al piso: tan alta como un hombre de pie, con el cuerpo de un león de pelaje rojo resplandeciente; con la cola larga y exquisita terminada en en un aguijón del tamaño de su antebrazo, la criatura había extendido su largo cuello, flexible como una caña joven, hasta él, para mirarlo con un rostro bello de mujer, cubierto de cicatrices. Los labios eran finos y elegantes, pero la abertura de la boca se extendía hasta las orejas, cubiertas de aretes enjoyados. Sus ojos eran grandes, pero su semblante era triste. Sobre ellos se extendía un velo gris, y no se posaban sobre nada en específico. - No tengo un nombre, pero aquí me dicen Aleph.

La Mantícora estaba ciega.



martes, 8 de marzo de 2016

Epitafio

No le gustaban los poemas. Ni los poetas.
Los veía siempre enfáticos y patéticos. Dejando las cosas caer. Autocontemplándose.
Y enterró
una semilla de muro, una hebra de aire, una lágrima redonda
que creció por la noche.

Escribió.
Comenzó por volcarse; por exponerse visceral, como todos somos por dentro. Se volteó los párpados.
Pero las máquinas no hablan el idioma de la Ira
y sus palabras se perdieron en los errores de la traducción. Quedó sólo el misterio de las mujeres y de sus cuerpos, de su propio cuerpo.

Escribió desde el exilio.
Su voz surgió débil, etérea; su mensaje, errático.
Habló de dolor y de miedo. De estar solo. De tener frío.
De tenerlo todo y nada. De quererlo todo. De no querer nada.
De irse, de volver...
De una sexualidad descontextualizada. De estar excitado y decepcionado,
de algo que parecía "odio" hacia sí mismo.

Habló de nosotros: el resto del mundo. Nos vio pasar junto a él,
pero no nos dijo nada porque bajó los ojos,
fingiendo
no habernos reconocido. Pero mentía.
Y él lo sabía: porque lo sabía todo y nada, al mismo tiempo. Su rostro se repetía cientos de veces en las multitudes y no dejaba de mirarse con los ojos de los otros, que eran los suyos.

Quiso hablar de sí mismo. Quiso ser fuerte y usó palabras duras como "masturbación". Las ocultó. Corrió a avergonzarse, orgulloso de su impudicia y de sus crímenes en contra de lo que consideraba "poesía".

Jamás hablo de amor.
Con el tiempo consiguió olvidar su significado.
Y fue uno y muchos: siempre la mejor y la peor de las personas, guardándose lo de veras importante, porque si alguien lo veía, podría burlarse de él, de su niñez incompleta, de la pérdida parcial y no total de su inocencia, de su amor infantil inconsumado.

domingo, 24 de enero de 2016

El Behemoth

El joven entró en su habitación por la noche y reconoció entre las sombras un Behemoth, noble y monstruoso. Asombrado por el reducido tamaño que habia imaginado interminable, se acercó al oscuro rincón donde unos ojos vivos lo observaban. Tuvo miedo, aunque se sintio emocionado, al fin tendría algo que contar. Le acarició la crin y su tacto le pareció familiar, casi humano. “Es mi Behemoth.” se dijo y se durmió. El monstruo lo cubrió, cuando comenzaba a hacer frío.

Había una vez un monstruo que soñó que era una mancha en la pared, de rostro y garras desdibujados. Más allá del muro, la gente del mundo comía y caminaba, contándose entre sí las penas y males del día. El Behemoth soñaba que era todas las personas del mundo. Que había vivido todas las vidas y vivían en él todos los recuerdos; su mente era un huevo gigantesco, pero su cuerpo estaba inmóvil, las alas le dolían, y los otros sólo pasaban y lo confundían con humedad o con tristeza. Un día se despertó, pero el día era más bien noche y frente a él había un muchacho que lo miraba con asombro. No hubo que decir. El Behemoth estaba solo y necesitaba un amigo, así que ocultó las cien hileras de sus dientes y escondió la cara humana entre las crines de fuego.

El joven lo trató con ternura. El Monstruo era amoroso. Siempre en silencio, mirándose uno y otro con caras de niño y lágrimas azules. “¿No duermes?”, preguntó el muchacho. Pero la vista se perdía en la penumbra donde el otro lo miraba. “No.” respondía. “Siempre tengo sueños.” Pero su voz llegaba lejana, del mar, de la montaña, y el muchacho la probaba clara y femenina, con la boca. La mañana llegaba y ambos se despedían sin palabras. El joven cerraba con cuidado la puerta de su habitación. Llegaba cuando no había más luz diurna, de sus diversas ocupaciones, al principio exitado por su hallazgo. “Mi monstruo.” decía; “Mi Principio”. Pero el tiempo y la vida devoraron la euforia hasta que los ojos de la bestia pasaron desapercibidos. El Behemoth no entendió, entonces. Y sin querer, mientras el joven dormía, sin moverse del rincón donde posaba las garras, extendió el cuello; un tallo largo y fuerte de piel endurecida, y acercó un rostro humano, terso, hermoso, de pupilas llenas y labios enrojecidos. Y el otro despertó, sin querer. Bajo su aliento. Se miraron de frente, un instante. Pero el muchacho volvió a cerrarlos y a dormirse. Y el monstruo se quedó solo, en la habitación: más solo que nunca.

Esa noche, el muchacho soñó con una voz que le decía “Tengo hambre.”, pero la voz era de hielo y cortaba, como cien puñales juntos. Despertó sudando, el Behemoth dormía protegiéndose del sol, en una esquina. “Me devorará.” se dijo. “Es un monstruo, al final de todo.” Pero no pudo pedirle que se fuera.

Esa noche, no volvió a casa. Ni la que sigue. A la tercera, volvió y durmió como si no hubiera nada en la oscuridad, como si los monstruos no existieran. Y el Behemoth no dijo nada. Pero no dormía. Y lo miraba y miraba con sus ojos llenos y tristes. Y el joven continuó cuidando de su miedo, creciéndolo en una maceta imaginaria que regaba todas las mañanas frente a su monstruo. Y el monstruo soñaba que todo cuanto veía eran manchas en la pared y que él era un muchacho y una muchacha, al mismo tiempo, que se besaban. Un día se despertó en un lugar nuevo, frío y aislado, pero ya no se molestó. Se echó sobre las garras, plegando las alas, y se durmió de nuevo, esta vez para siempre.
El joven soñó que había una mancha en la pared; una mancha que era todos, también el mismo, y cantaba con la voz de la muerte.